PRODUCCIÓN BOVINA DE CARNE

Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción Animal,

Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina

 

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Cuando la Pampa tenía el ombú

F. Sanchez Zinny. 2002. Rev. De la Soc. Rural de Jesús María, Córdoba, 129:45-46.

Árbol de presencia constante en la iconografia criolla

Buenos Aires, ¡patria hermo­sa!, / tiene la pampa grandiosa; /la pampa tiene el ombú ", dicen los memorables y pueriles ver­sos de Luis L. Domínguez.

Y así fue hasta un punto cer­cano al agobio: presidiendo la llanura interminable, las vacadas, las tropillas y las des­trezas del paisano pialador, es­taba el infaltable ombú, que a veces podían ser dos, pero rara vez más.

Los viejos grabados son muy machacones al respecto y su co­lección de gauchos felices u holgazanes ‑según lo prefiera el egoísmo actual‑ abunda en poses arquetípicas, jugando con el lazo, templando la guitarra, orejeando el naipe en cuclillas, pitando el tabaco pobretón, o dándole char­la a la moza, pero siempre con ese árbol que no lo es por ahí cerca, a un costado o sobre él.

A la sazón, el ombú tenía una relación representativa con el gaucho: donde había uno había un ombú y esto, seguramente, era mucho más cierto de la que podían imaginar los ilustradores europeos.

Porque, en realidad, el ombú era ‑igual que el caballo, la vaca y aun el propio gaucho‑ un foras­tero en la pampa, traído precisa­mente por la mano del paisano, lo mismo que casi todos los otros árboles por aquí conocidos. De este modo, no se trataba sólo del reparo del gaucho, sino también de su obra.

La pampa próxima únicamen­te daba montes de talas y de algarrobos, no de otras cosas.

Pero donde llegaba el criollo aparecía el ombú, lo que no ocurría en el país de los indios, y de ahí que Fierro y la ex cautiva volviesen de las tolderías «a la tierra en donde crece el ombú". Que, por otra parte, tampoco era demasiado presti­gioso, víctima de la doble fama de dar, como la higuera, "mala sombra" y ser muy difícil de plantar, y por el hecho verdade­ro de que no sirve para dar leña.

De esos rasgos, el primero lo cita expresamente Hudson en su célebre relato y el segundo lo sugiere, al tomarlo como refe­rencia, en ese caso mediante el nombre de la desdichada estan­cia. Pese a ello, su simiente la llevaba el criollo cuando se me­tía tierra adentro, quizás en fun­ción de una preferencia entonces generalizada aun entre los virre­yes cuyas alamedas que no eran de álamos sino de ombúes, así que más valiera haberlas llama­do ombuedas.

Nadie ha explicado la razón de este capricho y tampoco porqué en alguna época ‑hace un siglo‑ dejó de ser habitual, de suerte que hoy apenas si se lo ve, casi siempre representado por ejemplares añosos, en demostración aca­bada de lo arduo que es conseguir que prenda.

¿Pero de dónde era el ombú, planta herbácea originaria de América del Sur según el diccionario? Remotos recuer­dos escolares pugnan con vincularlo con los esteros del Iberá; no obstante, en los alrededores de éstos no lo hay.

En cambio, bastante lejos de ahí, en el departamento entrerriano de Victoria existe una curiosa sucesión de montes de ombúes, con uno que lo es por excelen­cia y así se lo denomina, situado bien cerca de la población cabecera y del río Paraná.

Los forman, en cada caso, cientos o miles de ejemplares y no pudieron haber sido plantados por mano del hombre ‑lo que sería insensato, además, a estar a las propias costumbres del país‑ de modo que hay que suponer que son de forma­ción natural.

Esos montes han sido maltratados y devastados, pero todavía poseen exten­sión considerable y constituyen un extra­ño fenómeno fitogeográfico que se inten­ta preservar mediante leyes y reglamen­taciones.

Si esa aglomeración de ombúes indica algo, sería, en todo caso, que el área de difusión originaria de la especie no se ajustaba en un todo a lo popularmente creído. Y ciertas reiteraciones insisten­tes en las toponimias y en las descripcio­nes entrerrianas y uruguayas y hasta riograndenses pueden, por otra parte, hacer pensar que acaso haya un poco de novela en eso de que fue el gaucho el que universalmente implantó el ombú: Ombú Miní, Ombú Solo, Ombú‑Ty, Ombúes de Lavalle, calle Ombú ‑por un combate de la guerra de Brasil‑ y, en fin, la cuchilla de Montiel con lomas y arroyos que ensayan infinitas variantes de ese nombre.

 

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