Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet.,
Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción
Animal,
Facultad
de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto,
provincia de Córdoba, República Argentina
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cultivadas: alfalfa
Ing. Agr. Norma Formento (1) y
Nanci Verzegnassi (2). 2001.
(1) INTA - EEA Paraná; (2)
Fac. de Cias. Agrop. de la UNER.
En
la República Argentina, la superficie cultivada con alfalfa supera los 5
millones de hectáreas, según estimaciones de los últimos años, y se producen 15
millones de toneladas de materia seca (MS) con una producción promedio de
6t/MS/ha anualmente. El 50% es destinada a pastoreo directo y el resto como
forraje conservado (rollos o fardos de alfalfa pura o consociada). En menor
proporción se utiliza el silo y el henolaje empaquetado en polietileno, práctica difundida en el país.
Como
consecuencia de la acción de microorganismos patógenos se estiman pérdidas del
25% en la producción de forraje y del 10% en el rendimiento de semillas, lo que
ascendería a un valor superior a los 300 millones de dólares por año, sin tener
en cuenta la disminución de la calidad forrajera, la reducción de la vida útil
de la pradera, la mayor predisposición a factores adversos como los insectos,
malezas, estrés hídrico por déficit o exceso, desbalance nutricional, etc.
La
alfalfa es una leguminosa afectada por numerosas enfermedades que atacan las
hojas, tallos, corona y raíces. Los patógenos foliares provocan en determinadas
épocas del año intensas defoliaciones, sin embargo aquellos que atacan corona y
raíces definen en forma directa la longevidad o período productivo del
alfalfar. Los principales problemas sanitarios son la declinación de las
plantas con escaso número de rebrotes, áreas sin plantas con invasión de
malezas, principalmente gramón, y corta productividad lo que afecta a los
distintos cultivares de alfalfa, especialmente de los grupos 8 y 9 que carecen
de reposo invernal. Esto, permite la sobrevivencia de los patógenos a través de
todo el ciclo anual de la pradera, lo que se traduce en reinfecciones permanentes
con alto impacto de las enfermedades sobre la cantidad y calidad forrajera.
Las
enfermedades foliares y del tallo más frecuentes en el período otoño-invernal
resultaron ser: la "mancha ocular" (Leptosphaerulina briosiana), "mancha foliar" por Cercospora medicaginis y la
"roya" (Uromyces striatus).
En porcentajes muy bajos se halló "tallo negro" por C. medicaginis y "antracnosis"
(Colletotrichum trifolii y C. dematium).
En
la etapa primaveral, adquieren gran importancia enfermedades foliares como el
"mildiu" (Peronospora
trifoliorum), distintos síntomas producidos por Stemphylium botryosum, la "viruela" (Pseudopeziza medicaginis), "mancha foliar" por Phoma medicaginis var. medicaginis y persisten los ataques de
"mancha ocular". Todos los cultivares, especialmente los sin reposo
invernal son muy afectados por las enfermedades foliares; el cultivar Cuf 101
resulta el más atacado, manifestando una defoliación muy intensa.
Las
infecciones de la corona y raíces se manifiestan primariamente en la parte área
con amarillamientos, marchitez y curvado del tallo principal en forma de
bastón, procesos que culminan con la muerte de la planta. Los síntomas más
comunes son: necrosis pardas, castaño oscuras a negras, enriado y
desintegración de tejidos a nivel de la corona. En raíces, lo más frecuente es
la coloración amarilla, anaranjada o castaño oscura del área ocupada por los
vasos de conducción. El hongo más aislado de los tejidos subterráneos fue Fusarium con numerosas especies como equiseti, moniliforme, oxysporum, solani -forma azul- y graminearum. Otros microorganismos
aislados pero en escaso porcentaje fueron: Pythium,
Phytophthora y Rhizoctonia.
Un
resultado importante fue el aislamiento frecuente a partir de coronas
necrosadas, con lesiones en paredes del xilema y marchitamiento del tallo
principal en forma de bastón, del hongo
Phomopsis spp desde mediados de noviembre. Este
microorganismo no ha sido mencionado en la bibliografía nacional revisada hasta
el presente; existen citas aisladas en Estados Unidos y Australia. Su
determinación en trébol rojo en el Departamento Diamante en 1995 y en años
anteriores en los cultivos de girasol y soja permiten suponer una potencialidad
patogénica de interés.
♦
Sembrar
alfalfa siempre después de gramíneas; evitar hacerlo después de otra leguminosa
o girasol ya que poseen patógenos comunes.
♦
Los
lotes apropiados para la implantación son aquellos con suelos bien
estructurados, no arcillosos, con buen drenaje sin anegamientos temporales, con
pH cercano al neutro y un adecuado contenido de P (superior a 12 ppm) y K.
♦
Utilización
de cultivares resistentes, tolerantes o de comprobado buen comportamiento a las
enfermedades predominantes en las campañas anteriores.
♦
Usar
semilla certificada de calidad comprobada, la que en ciertos casos está
recubierta con el inoculante y fungicida curasemillas. Dentro de éstos últimos,
es conocida la eficacia de la mezcla metalaxil 35% y thiram 36% (100 g + 600 cc
del formulado comercial).
♦
Los
cortes y pastoreos se deben realizar en el momento óptimo (10% de floración o
cuando los rebrotes de la corona miden entre 5 y 7 cm) y en condiciones
adecuadas: la cuchilla filosa para realizar cortes netos de los tallos, de
rápida cicatrización o "piso" apropiado para evitar el pisoteo
destructivo de los animales.
♦
Mantener
los lotes libres de malezas para el logro de plantas vigorosas y sin
competencia.
Las
técnicas sugeridas integradas en un manejo racional y aplicadas en la planificación,
implantación y cuidado de una pradera serán las responsables de la
productividad (cantidad y calidad de forraje) y longevidad de un alfalfar.
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