Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet.,
Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción
Animal,
Facultad
de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto,
provincia de Córdoba, República Argentina
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principal > pasturas cultivadas: alfalfa
Ing. Agr. Gustavo Duarte. 2002. Asesor del CREA América, prov. Bs.As.
Para conseguir alta productividad se debe asegurar una adecuada preparación de la cama de siembra, analizar la necesidad de fertilización, controlar la calidad de la semilla, ajustar la densidad de siembra y cuidar el manejo inicial.
La
alfalfa y las pasturas con esta leguminosa fueron, por más de un siglo, los
forrajes básicos utilizados extensivamente como fuente de nutrientes para el
ganado. En la actualidad se mantiene su vigencia en los planteos productivos de
carne o leche que requieren producción de pasto en calidad y cantidad. Para
intensificar su cultivo es necesario conocer los factores que pueden
condicionar su performance. El objetivo de este informe es revisar conceptos
generales sobre algunos de esos elementos, que permiten lograr una mayor y más
eficiente producción y utilización del forraje.
La
alfalfa es una especie de gran plasticidad, que puede prosperar desde las
regiones semiáridas hasta las húmedas (es decir, en un rango óptimo de entre
500 y 1000 milímetros por año) y que requiere suelos bien aireados porque es
muy sensible al allegamiento. La fotosíntesis puede quedar más afectada en esas
condiciones que en las situaciones de déficit hídrico. Y la magnitud del daño
dependerá del estado fisiológico de la planta y de la temperatura ambiental.
Además,
esta leguminosa no desarrolla bien en suelos de textura fina y tampoco le son
favorables los salinos o alcalinos que poseen conductividades eléctricas
superiores a los 8 mmhos/cm, que reducen la producción en un 50 o 65 por
ciento.
La
alfalfa está adaptada morfológica y fisiológicamente para resistir prolongados
déficits hídricos, como consecuencia de que sus raíces pueden penetrar profundamente
en el perfil del suelo y están en condiciones de extraer agua desde más de dos
y cuatro metros, a partir del segundo y del tercer año, respectivamente.
Los
requerimientos nutricionales varían según el nivel de producción y el manejo al
que está sometido el cultivo. Por ejemplo, las necesidades son máximas cuando
la alfalfa se usa exclusivamente para corte, porque no existe un reciclado de
nitrógeno a través de la orina o del potasio y del fósforo mediante la bosta.
Estos últimos se pueden reciclar en un 70 u 80 por ciento. El fósforo es
necesario para lograr un establecimiento exitoso y un buen desarrollo de las
raíces. Además, en condiciones adversas -como suelos fríos o sequías, que
reducen la absorción de los nutrientes - ayuda a que continúe el desarrollo
radicular y se asegure la supervivencia de la planta.
La
alfalfa obtiene el nitrógeno mediante su relación simbiótica con el Rizobium.
Los excedentes quedan en el suelo y la cantidad fijada depende del número de
plantas que tiene la pastura.
El
potasio es demandado en altas cantidades y es esencial para aumentar la
tolerancia al frío y para brindar una mayor resistencia a ciertas enfermedades.
El
calcio es vital para la fijación del nitrógeno y para promover el desarrollo
radicular. Por su parte, el magnesio está relacionado con el metabolismo de los
carbohidratos. Las deficiencias se presentan cuando el umbral en el suelo
desciende por debajo de 0,6 meq/100 g o cuando existen antagonismos con el
potasio, que muestra exceso para muchos suelos de la región pampeana.
El
azufre interviene en la síntesis de las proteínas. Es deficitario en los suelos
arenosos y esa situación se acentúa a partir del segundo año de cultivo. El
boro actúa sobre el movimiento del calcio en la planta y es fundamental en la
velocidad de crecimiento radicular, en las nuevas hojas y en el desarrollo de
yemas. El umbral crítico está en alrededor de 1 ppm en el suelo o en 30 ppm en
las plantas.
Por
otra parte, el pH del suelo condiciona el rendimiento y la salud de la alfalfa,
debido a su impacto en la dinámica de los nutrientes (fundamentalmente, en el
calcio y el fósforo) y al determinar la viabilidad de la nodulación.
Las
bacterias no pueden sobrevivir a bajos niveles de pH. En esas condiciones no
hay fijación de nitrógeno y la planta lo tiene que extraer del suelo para poder
formar sus proteínas. Sin embargo, la alfalfa es una especie ¡nesciente en la
absorción de este elemento, sobretodo si está en mezcla con gramíneas.
El
estado nutricional no siempre es correctamente relevado por los análisis del
suelo. Por eso, la posibilidad de complementarlo con las determinaciones
foliares ayuda a detectar los niveles críticos de algunos nutrientes, como el
azufre o los microelementos.
El
objetivo del agregado de fertilizantes es suplir las deficiencias del suelo en
aquellos nutrientes que afectan al normal desarrollo del cultivo. Es decir, se
intenta conseguir mayor productividad y calidad de forraje, mayor tiempo de
aprovechamiento, mayor perennidad y mayor crecimiento inicial y velocidad de
rebrote.
A
su vez, la acidez del suelo debe ser corregida mediante el encalado. En este
sentido, se pueden utilizar diversas fuentes, como los carbonatos de calcio, la
dolomita, la calcita, etcétera. Esta práctica genera una mejor implantación y
persistencia de la alfalfa y permite una mayor actividad de la fijación de
nitrógeno.
Los
suelos arenosos requieren una menor cantidad de corrector para llegar al mismo
valor de pH que los arcillosos. No obstante, demandan aplicaciones más
frecuentes (cada 3 a 5 años). Y, debido a que la cal reacciona muy lentamente,
se requiere un largo tiempo para su asimilación en el suelo. Por lo tanto, se
recomienda su aplicación 6 a 12 meses antes de la siembra de la alfalfa.
En
la práctica, la enmienda debería hacerse en un momento previo a la siembra del
cultivo antecesor (por ejemplo trigo o girasol), y su distribución tendría que
realizarse a voleo con incorporación y mezclado uniforme (rastra doble), o en
superficie si se trata de planteos en labranza cero. En este último caso su
incorporación se hace lentamente a través del efecto de las precipitaciones.
La
fertilización inicial -arrancadora de la alfalfa- está asociada básicamente al
uso de fuentes fosforadas de rápida disponibilidad.
La
velocidad de liberación del fósforo a partir de la fase sólida del suelo es, a
veces, menor a la capacidad de absorción de las raíces, ante lo cual las
plantas pueden sufrir deficiencias. La fertilización con fósforo de rápida
disponibilidad hace crecer abruptamente su cantidad en solución y ayuda al
mejor desarrollo inicial del cultivo. En el cuadro 2 se presenta información
sobre las cantidades del fósforo inorgánico soluble por agregar en la
implantación de las alfalfas según el nivel original del suelo.
Las
aplicaciones pueden realizarse a voleo previo a la siembra, con incorporación,
o en la línea y al costado de la misma. Pero esto dependerá de la fuente que se
utilice para no generar problemas de fitotoxicidad. Las aplicaciones
localizadas incrementan la eficiencia de utilización del nutriente, debido a la
escasa movilidad del fósforo; con este sistema la dosis se puede reducir 50% o
más. Los fertilizantes con nitrógeno amoniacal (fosfato diamónico, urea,
etcétera), agregados en la misma línea de siembra o muy cerca, pueden producir
efectos fítotóxicos muy severos. Por lo tanto, no es recomendable emplearlos en
esas condiciones. En cambio, la utilización de fuentes fosforadas, como el
fósforo tricálcico (superfosfato), no ocasiona problemas por su localización.
El aporte de nitrógeno en la implantación puede ser favorable cuando se trata
de alfalfas en consociación, ya que beneficia el establecimiento de las
gramíneas. Y también es conveniente, en especial, en los planteos de siembra
directa.
No
obstante, el manejo del producto y su localización deben hacerse cuidadosamente
para no afectar la viabilidad de la semilla o provocar fallas en la nodulación
de la alfalfa. Por eso, fuentes como el nitrato de amonio cálcico-magnésico, el
sulfato o sulfonitrato de amonio resultan más convenientes.
Es
recomendable hacer un aporte periódico de nutrientes en los alfalfares
establecidos, para incrementar los niveles de fósforo y corregir los déficits temporarios
de nitrógeno de las gramíneas (en otoño o a la salida del invierno), de azufre
o de microelementos.
Los
relevamientos del CREA América 1 muestran la posibilidad de respuesta a zinc,
azufre y fósforo, que fue detectada mediante el sistema DRIS, que establece
jerarquías deficitarias en estos elementos.
En
el caso del fósforo, las fuentes para la refertilización pueden ser el
hiperfosfato o el fósforo orgánico. La corrección de los déficits mediante los
fertilizantes foliares sólo resulta efectiva en el caso de los microelementos.
La
condición óptima de la cama de siembra es aquella que permite depositar la
semilla en la profundidad adecuada y en un intimo contacto con el suelo,
generando un ambiente de desarrollo sin limitantes. Para esto último se
requiere que esté libre de malezas, sin impedancias físicas subsuperficiales,
con óptima condición de humedad, con bajo nivel de cobertura de rastrojo y con
una superficie firme.
El
barbecho debe dejar al suelo libre de las malezas que consumen el agua y los
nutrientes. Además, es fundamental que no haya malezas perennes (como gramón,
sorgo de Alepo, cebollín, etcétera), ya que no sólo condicionan la
implantación, sino que su agresividad deteriora muy rápidamente a la pastura
implantada.
Igualmente,
la eliminación de las compactaciones subsuperficiales favorece el normal
enraizamiento y la exploración de un mayor volumen del suelo.
La
condición de humedad y la cobertura están relacionadas con el cultivo
antecesor, que debe finalizar su ciclo lo suficientemente temprano como para
permitir recargar el perfil con humedad, dejar un rastrojo lo menos voluminoso
posible y no condicionar la fecha de siembra.
Duarte
y sus colaboradores demostraron que hay una escasa asociación entre el cultivo
antecesor (maíz de pastoreo, girasol, cultivos de cosecha fina y verdeos de
invierno) y la implantación de la alfalfa, si las anteriores condiciones son
controladas. (Ver gráfico l)
Los
niveles de cobertura tienen una importancia real en los planteos de siembra directa.
Así, Fontanetto y colaboradores mostraron que sobre las pasturas degradadas
sólo se logra el 30% de la implantación de la alfalfa (sobre el 100 % logrado
con la siembra convencional).
Eso
sucede por los problemas de compactación provocados por el pisoteo y los
probables efectos alelopáticos producidos por las sustancias emitidas por las
raíces y las hojas de la alfalfa, que reducen la germinación y el crecimiento
de las plántulas.
Sobre
los rastrojos de cosecha la eficiencia osciló entre el 60 y el 90%. Los valores
más bajos fueron logrados sobre maíz y sorgo, ya que sus altos volúmenes de
rastrojo son una barrera física para el crecimiento de las plántulas de
alfalfa.
La
uniformidad de la distribución de los rastrojos es, también, un factor clave en
el resultado de la implantación. Esto debe ser considerado en el momento de la
cosecha (especialmente con las colas de la trilladora de girasol).
La
alfalfa germina en el rango de temperaturas que se encuentra entre los 5 y los
35' C. El óptimo se ubica entre los 19 y los 25, y en los 10' C está el mínimo
requerido para su normal crecimiento inicial. Como es sensible al frío en la
etapa de cotiledón y de la primera hoja unifoliada, debería superar esos
estadios antes que se produzcan las heladas.
En
general, los diseños de siembra se subordinan a los sistemas, porque de estos
depende, en gran medida, la eficiencia de la implantación. Si bien la
distribución espacial a voleo puede ser mejor, este sistema tiene una baja
eficiencia.
Duarte y sus colaboradores mostraron que los diseños de siembra que alternan
gramíneas y leguminosas logran un mejor stand de plantas de alfalfa que los que
contemplan dos líneas de leguminosas y una de gramínea, o las que incluyen
gramíneas y leguminosas juntas en línea. Esto estuvo asociado a la calidad de
las sembradoras y a la competencia entre las gramíneas y las leguminosas.
En
el mismo trabajo se observó una marcada diferencia en favor de los sistemas de
siembra que contemplan la limitación de profundidad y la compactación de la
línea de siembra. (Ver gráfico 2)
Profundidad de siembra
La
profundidad de siembra de alfalfa es el gran problema para resolver a campo,
porque desde que la semilla germina decrecen sus reservas hasta que la planta
forma hojas verdes y se independiza de ellas. Eso hace que en todas las
plántulas exista un periodo crítico en el cual las reservas son bajas y el área
fotosintetizante no es suficiente.
Cualquier
adversidad -como una sequía, ataque de insectos o altas temperaturas- entre
otros factores, puede provocar pérdidas importantes. Por eso es necesario
acortar al máximo esa etapa. Y como el tamaño de la semilla y el tipo de suelo
interactúan con la profundidad, la mejor eficacia de la implantación se logra
en los suelos livianos y con semillas grandes.
Calidad de la semilla
La
siembra de la alfalfa debe realizarse con semillas de alta calidad física y
genética. El primer atributo está asociado con el tamaño, con el poder
germinativo, con el grado de contaminación con las malezas y con los cuerpos
extraños, además del grado de dureza.
La
presencia de semillas duras implica una alta resistencia de los tegumentos a la
penetración del agua.
As¡, se genera una germinación más lenta y, en consecuencia, tardía. De todos
modos, seria necesario no utilizar la semilla recientemente cosechada o, si no,
escarificarla para reducir las pérdidas de la implantación.
En
tanto, la calidad genética se define por el conjunto de las características
heredables de una variedad. Duarte y sus colaboradores demostraron que existe
una estrecha asociación entre la eficiencia de la implantación y ese factor
(Gráfico 3).
Densidad
La
cantidad y la distribución de las precipitaciones, la época de siembra, la
calidad de la semilla y, fundamentalmente, la eficacia de la máquina
sembradora, son los principales factores que influyen en la densidad de
siembra.
La
proporción de plantas que sobrevive luego del primer año es, en relación al
número de las semillas sembradas, muy variable. Pero se asocia poco a la
densidad inicial, ya que la mortandad de las plantas durante los primeros meses
es directamente proporcional a ella: Los stands densos pierden más plantas que
los logrados con bajas densidades y llegan al primer año con un número similar
de plantas.
Smith
y colaboradores (1962) determinaron que, si bien las altas densidades de
siembra permiten un aprovechamiento inicial más rápido, las poblaciones
alcanzadas no son superiores una vez que la pradera está establecida. La competencia
que se establece entre plantas, primero a nivel radical, y luego por la luz,
determinará la densidad de plantas final al año.
Además,
Romero y colaboradores (1 99 l), y Juan y otros obtuvieron resultados
similares. La conclusión fue que en la pradera pampeana el stand de 30-70
plantas establecidas por metro cuadrado es suficiente para alcanzar máximos
rendimientos de forraje.
Entonces,
es posible disminuir sensiblemente la densidad de siembra, pero siempre que se
controlen adecuadamente los otros factores que causan la inseguridad del
establecimiento. Por otra parte, es común observar excelentes alfalfares
establecidos con 4-5 kilos por hectárea de semilla pura por hectárea y
empleando la tecnología disponible.
Cultivo
acompañante
La
utilización del cultivo acompañante fue justificada, en los suelos livianos,
por la necesidad de reducir los problemas de erosión al alcanzarse la rápida
cobertura y disminuir el efecto de la competencia de algunas malezas sobre las
especies perennes. También fue impulsada por el aporte del forraje en los
periodos críticos de oferta. No obstante, en muchas ocasiones, el beneficio de
una mayor producción de forraje debe balancearse con los niveles de competencia
que afectan a la pastura y a su imposibilidad de regularlos.
Por
ejemplo, es difícil definir qué especie es la más competitiva para la alfalfa,
ya que las variaciones climáticas, las alternativas de uso (del forraje o
grano), la densidad y el sistema de siembra producen diferencias muchas veces
superiores a las observadas entre especies.
Sin
embargo, en general, se observa que la cebada y los trigos de ciclo corto son
menos agresivos que la avena. Y ésta, a su vez, no es tan competitiva como el
trigo de ciclo largo y el centeno. Este último cultivo si es, por su poderoso
sistema radical, el mas ofensivo, ya que ejerce una mayor competencia por el
espacio y la luz.
En
los suelos de buena disponibilidad hídrica y nutricional la competencia del
acompañante es por la luz. La alfalfa tolera bajos niveles de luminosidad sólo
durante períodos cortos. Por eso, puede manifestar una acentuada clorosis y una
disminución de su desarrollo cuando es sombreada por el acompañante. En los
suelos arenosos, la competencia por la humedad es el factor más importante.
Cuando
se atrasa la fecha de siembra se acentúan los efectos de la competencia del
acompañante, mientras que el sistema de siembra y su densidad tienen un marcado
efecto sobre el número de plantas de alfalfa: cuando se mezcla el cultivo
acompañante con la leguminosa en la misma línea se produce una fuerte caída en
la producción de ésta, en comparación con la ubicación en líneas separadas.
Por
otro lado, a medida que aumenta la densidad del acompañante se incremento, en
general, la competencia sobre la especie de la pastura. Las densidades no
superiores a 30-50 plantas por metro cuadrado para el acompañante fueron
señaladas por Duarte y sus colaboradores como no críticas para el
establecimiento de la alfalfa, pero su efecto puede ser muy variable al momento
del primer pastoreo. En síntesis, se puede utilizar cultivos acompañantes, pero
siempre en bajas densidades, con siembras en hileras separadas de la alfalfa,
en fechas tempranas y evitando que se los destine para producción de grano. Si
los suelos no tienen riesgos de voladuras y se hace un buen control inicial de
las malezas, es posible prescindir de su uso para favorecer un rápido
establecimiento y una alta producción ¡inicial de la alfalfa.
Tratamiento
de la semilla Frente a la ausencia de los rizobios naturales, o la ¡nesciencia
de existentes, es conveniente la inoculación de la semilla antes de la siembra.
La
operación debe ser realizada a la sombra, evitando los fertilizantes ácidos
-como el superfosfato triple- y la semilla tiene que ser sembrada dentro de las
24 horas de tratada, ya que un almacenaje prolongado provocará una rápida
declinación en el número de rizobios viables.
Asimismo,
la semilla pelleteada con carbonato de calcio tiene ventajas, porque esa
cobertura neutraliza la acidez en el microambiente edáfico donde desarrolla.
Esto facilita la penetración y la multiplicación de los rizobios en las
raicillas. Además, esta capa también protege al inóculo contra la desecación,
permitiendo almacenar la semilla tratada por un tiempo más prolongado.
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