Director: Guillermo
Alejandro Bavera, Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de
Carne, Depto. Producción Animal,
Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río
Cuarto, Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina
Volver a: principal > Pasturas: fertilización
Ing. Agr. María Alejandra Marino* y PhD. Mónica
Agnusdei*. 2004. 2ª Jornada de Actualización Ganadera, Balcarce.
*Unidad
Integrada Balcarce (FCA UNMdP-INTA).
La agriculturización
registrada en los últimos años en el país ha desplazado a las actividades ganaderas
hacia áreas menos productivas, pero aún existe una importante capacidad de
aumento de la productividad de pastizales y de pasturas cultivadas (Rearte, 2003).
Entre las
herramientas tecnológicas que permiten aumentar y estabilizar la oferta de
forraje se destacan la siembra de especies forrajeras adaptadas para crecer en
períodos críticos, la implantación de especies forrajeras sin laboreos previos
(o siembra directa) y la fertilización de pasturas y de pastizales naturales.
En la región pampeana la fertilización fosfatada y/o nitrogenada se destacan
por su alto impacto productivo y económico.
El nitrógeno
(N) es el nutriente que con mayor frecuencia limita el crecimiento y la calidad
de las gramíneas en pasturas monofíticas o consociadas con leguminosas. Sin
embargo, aunque la respuesta en pasturas al agregado de N ha sido demostrada en
numerosos trabajos locales e internacionales, en nuestro país su aplicación
está poco difundida en pasturas cultivadas y, prácticamente, no se fertilizan
los pastizales naturales. Contrariamente, en otras regiones ganaderas del
mundo, la fertilización indiscriminada ha provocado graves perjuicios ambientales.
Por otra
parte, los suelos de la región suelen presentar una baja disponibilidad de
fósforo (P), tanto por sus características edáficas como por el uso agrícola
sin su debida reposición. Su deficiencia afecta el desarrollo de gramíneas y de
leguminosas y, en las últimas además afecta la fijación simbiótica del N.
Ambos
nutrientes son indispensables para el crecimiento de las pasturas, pero debido
a que sus dinámicas en el ambiente son diferentes, requieren un manejo
particular según las características de cada uno.
Para incrementar
los niveles de producción y la rentabilidad en los sistemas agropecuarios de la
región, sin deteriorar el medio ambiente, es importante desarrollar estrategias
de fertilización tendientes a incrementar la eficiencia de uso de los
nutrientes (expresada como los kg de MS obtenidos/kg de nutriente aplicado).
Esta eficiencia varía en función del nutriente, la época del año, las
condiciones climáticas, el estado de desarrollo de las plantas, la
disponibilidad del nutriente en el sistema suelo-planta y el manejo de la
pastura.
A
continuación se analizarán brevemente algunos factores que afectan la respuesta
de las pasturas ante variaciones en la disponibilidad de N y de P. Esto podrá
contribuir en la planificación racional de una fertilización nitrogenada
estratégica que se ajuste a las necesidades de cada sistema de producción.
En
la región pampeana la distribución de la producción de forraje de las pasturas consociadas
es marcadamente primavero-estival, período en que se acumula el 70-80 % de la producción
anual. Pero, tal como se observa las tasas de crecimiento y su distribución
estacional difieren según la disponibilidad de nutrientes (Figura 1).
Figura 1: Crecimiento estacional de forraje (kg
MS/ha/día) de una pastura consociada
(trébol rojo, pasto ovillo, falaris), sin y con
abastecimiento de fósforo (Agnusdei y col., 2001).

El P y el N
controlan el desarrollo de los macollos y la expansión de las hojas, definiendo
la captura de luz y de carbono, elementos esenciales para la construcción de
nuevos tejidos vegetales.
Los
requerimientos nutricionales siguen el patrón estacional de crecimiento y la
demanda de P y de N aumentan desde fines de invierno e inicios de primavera. La
mayor parte de la cantidad total de los nutrientes absorbidos durante el ciclo
de crecimiento (hasta un 70 %) se acumulan previo a la floración antes que la
pastura alcance la máxima acumulación de materia seca. Posteriormente, la
cantidad de nutrientes requeridos por la pastura declina.
Las gramíneas
forrajeras templadas tienen una alta capacidad para crecer activamente durante
el otoño y desde fines de invierno (Figura 2), pero en la mayoría de las
pasturas mixtas (fertilizadas o no con P) esta dinámica no se expresa debido, como
se tratará a continuación, a que el suministro de nutrientes y principalmente N
es insuficiente.
Figura 2: Distribución estacional del crecimiento de
gramíneas forrajeras templadas bajo
condiciones hídricas y nutricionales no
limitantes (Mazzanti
y col., 1992).

A diferencia
del N, el P es un nutriente de escasa movilidad ya que permanece fijado (con distinta
intensidad) a las partículas de suelo. Así, una proporción importante del mismo
(ya sea nativo o aplicado como fertilizante) permanece en el suelo
transformándose en distintas formas orgánicas e inorgánicas parcialmente
disponibles para las plantas (Picone y col., 1999). Por esto, en recursos
forrajeros plurianuales como la alfalfa o las pasturas consociadas el P
agregado incide sobre la producción por un período que se prolonga más allá del
año de su aplicación, es decir puede obtenerse un "efecto residual".
Factores
ambientales como la temperatura, el contenido de materia orgánica y el pH del
suelo afectan la disponibilidad de P para las plantas.
Las
leguminosas forrajeras (alfalfa, tréboles, etc.) presentan mayores
requerimientos de P que las gramíneas, y un adecuado abastecimiento de P
contribuye con la producción y persistencia de las pasturas consociadas. Parte
del P exportado en el forraje retorna al suelo luego de ser consumido por los
animales a través de las heces (Figura 3). Sin embargo, bajo las condiciones de
manejo locales su distribución y, por consiguiente, su disponibilidad para las
plantas (dependiente de los factores climáticos, del contenido de nutrientes en
planta, etc.) es altamente heterogénea.
El N es un
nutriente altamente móvil e inestable en el ambiente pudiendo hallarse en
estado sólido, líquido o gaseoso, y pasar de uno a otro estado rápidamente
(Figura 3). Las plantas pueden utilizar el N disponible (bajo la forma de NO3- y/o NH4+)
provenientes de diversas fuentes: la solución del suelo, la fijación simbiótica
por las leguminosas, las deyecciones animales, el suplemento ofrecido a los
animales y los fertilizantes (Figura 3).
Figura 3: Principales componentes y vías de ingreso
(líneas llenas) y de pérdida (líneas punteadas)
de nutrientes en sistemas pastoriles.

La
temperatura, la luz solar y el agua actúan sobre la fijación de N por las
leguminosas, siendo mayor durante el período primavero-estival. Además, en
pasturas consociadas la cantidad de N fijado simbióticamente depende de la tasa
de crecimiento de las leguminosas, de su proporción en la pastura y de la
eficiencia de fijación de los nódulos. Esta cantidad puede ser muy reducida (
En la región
Pampeana, para alfalfas con una producción variable entre 6000 y
La mayor
parte del N fijado por las leguminosas permanece en las plantas hasta que ellas
cumplen su ciclo y pasan a integrar la materia orgánica del suelo.
Posteriormente, estará sometido a los procesos anteriormente mencionados
(mineralización, inmovilización, etc.) siendo la cantidad de N transferido
desde las leguminosas a las gramíneas relativamente baja y variable Distintos
trabajos mencionan valores de 10 a
La mayor
proporción de la transferencia suele ocurrir durante y después de la
senescencia de las leguminosas.
Por lo tanto,
la transferencia de N por esta vía no resulta suficiente en el momento en que
las pasturas manifiestan altos requerimientos de N para alcanzar niveles de
rendimiento cercanos al óptimo. Para cubrir estas deficiencias generalmente es
necesario aplicar fertilizantes nitrogenados.
Una parte del
N contenido en el forraje consumido por el ganado retorna al suelo a través de las
deyecciones de los animales. Sin embargo, este retorno tiene ciertas
limitaciones. En primer lugar, la superficie cubierta por las deyecciones
representa 20% o menos del área pastoreada (principalmente cerca de lugares de
descanso de la hacienda como aguadas o montes). Por otra parte, si bien
aproximadamente el 70 % de la orina de los bovinos es urea, su recuperación por
las plantas en crecimiento es relativamente escasa debido a las pérdidas
(principalmente volatilización de amonio y desnitrificación), a la
inmovilización por los microorganismos y al desfasaje entre el aporte y la
demanda por las plantas.
Por otra
parte, las vías de egreso o pérdidas de N son varias, algunas deseables (como
la carne, leche o lana producidas a partir del consumo de la pastura) y otras
indeseables (lavado de nitratos, escurrimiento del N disuelto en la solución
del suelo, pérdidas gaseosas a partir de la desnitrificación o volatilización,
etc.) (Figura 3). Estas últimas pérdidas pueden reducir la cantidad de N
disponible y dificultar su captura por las plantas.
La disponibilidad
de nutrientes en el suelo varía a lo largo del año dado que es afectada por los
factores climáticos (fundamentalmente la temperatura y la disponibilidad de
agua) que controlan las reacciones químicas y la actividad microbiana del
suelo. Durante los períodos de bajas temperaturas y baja tasa de
mineralización, las gramíneas están limitadas en el aporte de N, y la presencia
de leguminosas en la mezcla no es suficiente para compensar las deficiencias estacionales
en la disponibilidad de formas asimilables de N en el suelo (Figura 4).
Figura 4: Distribución estacional de las tasas de
mineralización de N en suelos del sudeste bonaerense con
distinta cantidad de N potencialmente
mineralizable (Nº 180; Nº 300) (Echeverría y Bergonzi, 1995).

En verano, se
registran altas tasas de mineralización de la materia orgánica y se registra la
mayor disponibilidad de N en la solución del suelo, contrariamente en invierno
la disponibilidad es mínima (Figura 4) (Echeverría y Bergonzi, 1995).
Tal como se
observa en la Figura 4, las características edáficas y/o el tipo de laboreo realizado
(labranza convencional o siembra directa) influyen sobre la cantidad de N
disponible. Esto debe considerarse al momento de definir la estrategia de
fertilización.
Para el P, su
disponibilidad es dependiente principalmente de las características del suelo
y, si bien se modifica entre estaciones (con valores máximos en verano y
mínimos en invierno) estas variaciones son de menor magnitud que las
mencionadas para el caso del N.
Es importante
tener en cuenta que el aporte de un nutriente (ya sea N, P, S, etc.) modifica
los requerimientos de los otros elementos indispensables para sostener el
crecimiento vegetal. La deficiencia de alguno de ellos puede restringir o
anular los beneficios de la fertilización.
La aplicación
de N aumenta la acumulación de forraje (Figura 5a) y de P acumulado en el forraje
(Figura 5b). Esto está asociado al mayor requerimiento nutricional de los
cultivos sin deficiencias nitrogenadas.
Figura 5: Efecto del N acumulado en la pastura sobre la
acumulación de forraje (kg MS/ha) y sobre el P
acumulado en planta (kg P/ha), en rebrotes
inverno-primaverales de raigrás anual y cebadilla criolla
(datos promedio para ambas
especies) Balcarce, 1997.

Del mismo
modo, se presenta el efecto de la aplicación de P sobre la acumulación de
forraje (Figura 6a) y sobre la captura de N (Figura 6b), en este caso en
rebrotes de festuca. En la Figura 6b se observa que, con un mayor contenido de
P en las plantas, el requerimiento de N es superior al registrado para pasturas
que crecen con deficiencias de P.
Figura 6: Efecto del P acumulado en planta sobre la
acumulación de forraje (kg/ha) (a) y de N (kg/ha) (b),
durante el crecimiento otoñal de festuca.
Balcarce, 2000.

Estas
relaciones revelan la importancia del balance nutricional sobre el crecimiento
y la captura de los nutrientes presentes en el suelo y, por ende, de la
eficiencia de uso por las plantas.
Como se
mencionó anteriormente el P es más estable que el N en el suelo, por lo cual,
en casos de deficiencia resulta conveniente aplicarlo en la siembra o
anticipadamente en la estación de crecimiento para aprovechar su efecto a lo
largo de todo el ciclo productivo de las pasturas y aún en años posteriores. La
duración y magnitud del efecto residual del P aplicado en suelos bajo pasturas
dependerá básicamente del tipo de suelo considerado, de la producción de
forraje y de la forma de su utilización.
En pasturas
de leguminosas puras o consociadas, la fertilización fosfatada en suelos con deficiencias
de P incrementa el número de nódulos y la fijación de N de las leguminosas
(Racca y col., 2001).
La respuesta
al agregado de P en pasturas de alfalfa puras (Figura 7) o en mezclas así como
en pasturas consociadas (Figura 8) han sido registradas en diversos trabajos
locales (Berardo y Marino, 2000; Marino y Berardo, 2000). En la Figura 8 además
se muestra el efecto del N sobre las pasturas consociadas, las cuales en
general están integradas por una alta proporción de gramíneas.
Figura 7: Producción anual de forraje de alfalfa
(1995-1999) con cuatro dosis de P aplicadas a la siembra
(0, 25, 50 y
parcelas con

Figura 8: Producción anual de forraje de una pastura
consociada (1995-1999) con cuatro dosis de P aplicadas a la
siembra (0, 25, 50 y

Tal como se
mencionó para N, la dosis de P a aplicar depende de la producción de forraje esperado
de cada recurso y de la provisión de nutrientes del suelo. Así, en suelos del
sudeste bonaerense sin otras deficiencias nutricionales, el requerimiento de P
de alfalfa fue de
En estos
trabajos se han registrados eficiencias del uso del P (promedio para tres años)
de
Para decidir
la estrategia de fertilización es necesario considerar el momento y la dosis
más convenientes según las particularidades de cada sistema productivo.
En otoño, las
pasturas presentan menores tasas de crecimiento que en primavera y además cuentan
con el aporte del N mineralizado durante el período estival, el cual, debido a
una restricción hídrica para el crecimiento, fue sólo parcialmente consumido
por las plantas. Además, las condiciones climáticas otoñales pueden favorecer
las pérdidas gaseosas del N aplicado. Esto disminuye la eficiencia de su uso a
10 a
Estos valores
pueden ser aún menores al considerar la eficiencia del N en el crecimiento
invernal de las pasturas. Entonces, la aplicación de altas dosis de N en
otoño-invierno suelen resultar excesivas. A modo de ejemplo, para lograr
acumulaciones de forraje otoñales de
Por el
contrario, a fin de invierno e inicio de la primavera, con baja disponibilidad
e N en el suelo es factible obtener elevadas respuestas a la fertilización (
Asimismo, al
incrementarse la temperatura se registran mayores pérdidas gaseosas de las
fuentes nitrogenadas amoniacales comúnmente utilizadas (urea y UAN), y existe
un mayor aporte por mineralización de N.
En primavera,
cuando la utilización del forraje es elevada, pueden esperarse incrementos desde
1 hasta
En pasturas
con deficiencias severas de N, la complementación de aplicaciones al inicio del
otoño y a fines de invierno permitirían lograr el máximo crecimiento de las
pasturas templadas.
Aplicaciones
fraccionadas pueden mejorar la eficiencia de uso si se efectúan en cada
estación de crecimiento o aún después de cada utilización, ya sea por pastoreo
o corte.
En la Figura
9 se muestra que la utilización estratégica del N (sin deficiencias hídricas ni
de otros nutrientes) permite incrementar el crecimiento de las gramíneas,
adelantar la utilización de las pasturas, estabilizar la oferta de forraje y,
por consiguiente, aumentar la productividad animal (Mazzanti y col., 1997).
Figura 9: Distribución estacional del crecimiento de una
pastura consociada con y sin aplicación de P y de una
pastura de festuca con aplicación de P y de N.
Las flechas destacan los efectos de la fertilización (ver texto).

La Figura 9
ilustra que las pasturas mixtas (de neta producción primavero-estival) y las pasturas
dominadas por gramíneas constituyen recursos complementarios. En tal sentido,
la estrategias de fertilización con P y con P+N constituyen herramientas
igualmente complementarias.
Un manejo
particular de la fertilización es necesario cuando se realiza siembra directa
de pasturas ya que, al menos inicialmente, el suelo ofrece una menor
disponibilidad de nutrientes que en aquellos con labranza convencional. La
eliminación de los laboreos reduciría la tasa de mineralización y aumentaría la
inmovilización de ciertos nutrientes por lo que resulta necesario un mayor
aporte de fertilizantes. Este efecto ha sido demostrado principalmente en
cultivos agrícolas y la información local sobre el impacto de la siembra
directa en el crecimiento de pasturas aún es escasa (González y Colabelli,
2001; AACREA, 2002; Uribe y Colabelli, 2003).
Asimismo, una
planificación diferencial de la fertilización también debe aplicarse en los años
posteriores a la implantación de las pasturas, cuando el consumo de las plantas
durante el/los año/s previos junto con la falta de remoción del suelo,
disminuyen la disponibilidad de nutrientes para los rebrotes posteriores.
El momento de
aplicación de los fertilizantes debe determinarse tratando de reducir los desbalances
entre la oferta de nutrientes del ambiente y los requerimientos nutricionales
de las pasturas.
Como se
mencionó, la fertilización fosfatada permite incrementar la oferta de forraje
de las pasturas pero en sistemas intensificados adquiere relevancia también la
fertilización nitrogenada. Aunque las fertilizaciones nitrogenadas a fin de
invierno permiten obtener las mayores eficiencias de uso del N aplicado, las
fertilizaciones otoñales pueden ser utilizadas por tener valor estratégico en
aquellos planteos productivos en los que es necesario cubrir períodos de escasez
en la oferta de forraje. La fertilización con P y además con N permite
incrementar las tasas de crecimiento y adelantar el momento de utilización de
los recursos, lo que resulta particularmente beneficioso a fines de invierno.
La decisión
de fertilizar un recurso forrajero debe considerar la capacidad de cada empresa
para utilizar eficientemente el forraje producido ya sea mediante pastoreo
directo (lo que generalmente implica un aumento de la carga animal) o corte y
confección de reservas de forraje.
De lo
contrario, sin una planificación correcta el beneficio económico obtenido con
la aplicación de fertilizantes disminuirá por una menor eficiencia de su
utilización.
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